Vergüenza de ser hombre

Foto: Talus
Foto: Talus

Aquella tarde había quedado con una amiga para tomar algo. Nos demoramos y cuando nos despedimos rondaban las once de la noche. Era un lunes. Todavía había algo de movimiento por las calles principales. Me dirigí hacia mi coche, aparcado en una de las calles periféricas que descendía hacia las afueras.

Caminaba por una de las avenidas entre la gente, iluminado por el tráfico que había empezado a escasear. Unos metros por delante de mí iba una chica que de pronto giró a su izquierda, tomando la calle en la que yo tenía el coche.

Al principio no me di cuenta de la situación porque seguía pensando en la conversación que acababa de tener con mi amiga. Habíamos hablado, como siempre, de libros y literatura, de lo que estaba escribiendo y a punto de publicar, de su estado de salud, entonces delicada. No había caído en la cuenta de que, sin pretenderlo, estaba siguiendo a aquella chica por una calle desierta y mal iluminada. De pronto se giró, nerviosa y su pánico me sacó de mis pensamientos. Me impactó su mirada, que me recordó a la de un animal asustado. Nadie me había mirado nunca de esa forma.

Yo estaba a pocos metros de mi coche. No supe qué hacer. Si continuaba caminando la incomodaría. Pensé que si dejaba de andar tampoco la ayudaría a tranquilizarse. No parecería lógico detenerme en medio de la acera. Se me pasó por la cabeza decirle algo, tratar de serenarla, pero lo descarté. No ayudaría a normalizar la situación. Ella pertenecía al grupo de las víctimas y yo al de los depredadores.

[Tweet «Ella pertenecía al grupo de las víctimas y yo al de los depredadores.»]

Busqué una solución intermedia y bajé la velocidad de mis pasos, dejando que la distancia entre los dos aumentara –sólo serían unos pocos metros–, pero tampoco funcionó. Sus miradas hacia atrás fueron cada vez más frecuentes en los pocos segundos que duró el trayecto hasta mi coche, y sentí su miedo aumentando a cada paso, hasta que al fin abrí la puerta del coche y me senté al volante, aliviado.

Sufrí con cada uno de sus gestos, que me transmitían una angustia que se me clavaba en la boca del estómago. Sentí asco y vergüenza, mezclado con una profunda tristeza. Aquella chica sentía miedo hacia mí sólo porque era un hombre. De nada servía toda mi educación y cultura, todo el respeto que siento hacia los demás o el compromiso que pueda llegar a tener frente al abuso y la injusticia. Toda mi empatía. Yo era un hombre; y eso estaba por encima de todo. Bastaba para justificar su terror. [Tweet «Yo era un hombre; y eso estaba por encima de todo. Bastaba para justificar su terror.»]

Sé que si esa chica me conociera no sentiría eso hacia mí, pero no se trataba de algo personal, sino de que los dos vivimos en una sociedad que consiente el abuso y la violencia hacia las mujeres. Que las explota y oprime tan impunemente que pueden sentir terror sólo porque alguien camina, durante unos segundos, unos metros a su espalda.

Aquellos instantes debieron ser para ella todo un tormento. Y me hubiera gustado poder pedirle perdón por mi descuido, pero también por todo lo que generaba sus miedos, que iba mucho más allá de mis pasos distraídos. No pude hacerlo y por eso escribo esto ahora, para disculparme con todas las mujeres a las que pude haber hecho sentir mal con mi inconsciencia, que encierra, aún sin pretenderlo, su dosis de violencia.

Esa violencia que siempre es demostración de poder, y que hace que se exhiban sin vergüenza calendarios de desnudos femeninos en los talleres, que resulte normal –aceptable, o incluso necesario– el uso de la pornografía y la prostitución perpetuando estereotipos y ocultando dolor y explotación. Que nos empuja pensar que tenemos derecho a hacernos el gracioso con una desconocida sólo porque somos muy machitos, queremos divertirnos o tenemos necesidades. Es la misma violencia que hace que un pantalón corto parezca justificar los más bajos instintos sólo si es una mujer quien lo usa. [Tweet «Un pantalón corto parece justificar los más bajos instintos sólo si es una mujer quien lo usa.»]

No soy inocente. Ninguno lo somos. Porque a nadie le resulta sencillo sustraerse a los beneficios del poder y caemos en constantes contradicciones e incoherencias, tan humanas. Tan miserables.

Muchos de nosotros hemos oído infinidad de veces frases hechas: «compórtate como un hombre», «tienes que ser un hombre», «sé lo bastante hombre»… y me pregunto qué sentido tienen hoy estas expresiones. Qué tipo de valores encierran. De qué hay que enorgullecerse por el mero azar de nacer con uno u otro sexo. Cómo se puede estar orgulloso cuando sólo se puede sentir vergüenza de ser hombre. [Tweet «Cómo se puede estar orgulloso cuando sólo se puede sentir vergüenza de ser hombre. «]

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