‘Sal en la memoria’ (X): La elección «definitiva» de las fotografías

Una vez que Jorge Meis y yo logramos crear una primera maqueta del libro que queríamos hacer, quedaba todavía por delante mucho trabajo imprescindible. Un trabajo más fino y depurado pero también importantísimo.

Una visión común

Jorge tuvo un impacto inicial al ver mis textos. En un principio le costó aceptar mi propuesta literaria, debido a que le resutaba difícil encajar aquella historia con la suya y con el espíritu con el que él había hecho las fotos.

Fue el principal problema de trabajar demasiado tiempo en la distancia, pero creo que al final, Jorge supo entender aquello como una obra de ficción, en la que sus fotos jugaban un papel importante, contribuyendo a la creación de esa ficción.

Trabajo en equipo

Creo que el día que Jorge y yo empezamos a realizar el trabajo de depuración de textos y fotos fue uno de los momentos más divertidos y agradables de todo el proceso. Quedamos en su casa, para abordar el trabajo, con todo el material necesario: cuadernos, marcadores permanentes, la maqueta de trabajo, un inmensa cantidad de fotografías suyas impresas en papel, música y algo para picar.

Fue una auténtica felicidad, después de tantos meses de trabajo en solitario, con contactos telefónicos esporádicos, volver a juntarnos para sacar adelante juntos el trabajo que teníamos por delante.

Jugar por jugar

Preparamos el salón, despejando la mesa y el suelo, y comenzamos a ordenar las fotos de acuerdo a los textos, y seleccionando las fotografías que nos encajaban, buscando alternativas en los casos que teníamos dudas.

Después de toda una tarde de trabajo, perfectamente concentrados en la tarea, aunque de un buen humor excelente, conseguimos cerrar un acuerdo acerca de las fotos a incluir en nuestro proyecto.

Jorge Meis y yo pasándolo de miedo.

Conservo fotografías de aquel día. En todas se percibe la gran sintonía que tuvimos durante el proceso. Volví a conectar con aquellas antiguas sensaciones que experimentaba de niño, cuando jugaba con mis hermanos o amigos, sentados sobre la alfombra del salón. En aquel momento, la creación era como un juego. Puro disfrute.

A partir de ese momento, en cuanto a contenidos, el ochenta o noventa por ciento del trabajo quedaba realizado. Podíamos darnos por satisfechos.

(Continuará)

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