La profesión más bonita del mundo

Suelo decir que mi profesión, la de educador social, especializado en conductas adictivas, es la más bonita del mundo. Aunque haya otras que también puedan serlo. 😉

Que alguien me permita acompañarle, en el proceso de cambio y aprendizaje que supone dejar atrás una adicción, es todo un privilegio. Para mí, además, supone una nueva oportunidad para reflexionar sobre mí mismo y seguir mejorando.

Creo que acompañar a otras personas en sus procesos de transformación, tan radicales como los que son precisos en este campo, exige cierta valentía.

Y no porque me enfrente con frecuencia a situaciones de alta intensidad emocional, como mucha gente piensa. Sino porque me obliga a mirarme en el espejo, aceptar los miedos, limitaciones y dificultades de la otra persona, que se parecen, a veces con demasiada crudeza, a las mías.

La única diferencia entre el proceso de las personas con las que trabajo, y el mío propio, es que yo llevo toda la vida trabajando en el mío. 

Han sido años de palos a ciegas, errores, estudio, aprendizaje, escucha, lectura, ensayo y error lo que me ha traído hasta este punto de mi vida. A mi propia transformación personal, con la que sigo comprometido, y eso es algo que pongo siempre al servicio de los demás. 

Porque solo así cobran sentido mis esfuerzos. Y es lo que creo que da auténtico valor a mi trabajo.

Pero hay más.

A algunas personas les sorprende que emprenda proyectos creativos. Que, a mi pequeña escala, me embarque en libros, exposiciones, espectáculos. Que me exprese a través de la escritura, la interpretación, la música o la fotografía.

Que estudie campos de conocimiento relacionados con la creatividad, la comunicación, las artes y la cultura. 

Hay quien en todo esto una extravagancia más de mi carácter. 

Pero yo lo veo totalmente conectado con mi profesión, que siempre exige creatividad, nuevas formas de expresión y cultura. 

Acompañar a otras personas en sus procesos está muy ligado a mi propia necesidad de expresión y conexión profunda con otras personas. 

Y voy aún más allá.

Alguien me dijo una vez que yo aplicaba mi propia experiencia vital en mi trabajo. Es verdad. Y añado que mucho más que eso: aplico todas mis lecturas, cada película que he visto.

Cada obra de arte. La música que escucho. Los miles de conversaciones que he tenido con personas de todo tipo. Todos los errores de las vidas ajenas… y sus aciertos. Todo lo que soy. Con toda mi intensidad y sensibilidad. 

Sé lo que es el miedo al cambio. Lo que implica la renuncia. El precio a pagar. Entiendo las dudas y los contratiempos. Nuestros pequeños o grandes autosabotajes. Lo sé porque he vivido y me he formado. 

¿De qué otra manera puede vivirse, sino es formándose? Aprendiendo a cada paso: del camino que otras personas transitan, de nuestra experiencia, por dolorosa que sea. De nuestras dudas y miedos.

Y porque yo mismo estoy implicado, desde muy joven, en mi propio proceso de cambio y aprendizaje, también sé que nuestras grandes transformaciones exigen conocimiento, paciencia, valentía y perseverancia. Un puntito de valor. A veces sólo el mínimo para dar el primer paso.

Por eso solemos necesitar que alguien nos acompañe en el viaje, que nos estimule allí donde nos bloqueamos. Yo he tenido la suerte de tener grandes personas acompañándome en mis procesos.

Por eso, para mí siempre es un privilegio que alguien me permita que sea yo quien le acompañe.

Si conectas con esto, dímelo.

Házmelo saber en la forma que quieras: respondiendo aquí o en privado. Porque es de ahí, de esa conexión, de donde saco las energías para seguir haciendo el trabajo más bonito del mundo. Y eso es algo que siempre agradezco.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.