‘El infinito en un junco’. Irene Vallejo.

El infinito en un junco. Irene Vallejo

Si tuviera que enumerar todo lo que la literatura me ha ido aportando a lo largo de los años, tal vez la lista no fuera tan larga como me gustaría. Sospecho que quienes tenemos afición por la lectura tendemos a idealizar sus bondades, obviando otros aspectos que ha podido quitarnos. Pero hoy no vengo a hablar de esto. Sino del amor a la palabra escrita. A la dignidad que nos aporta como seres humanos ser capaces de vivir, aunque sólo sea por unas horas, en la piel de otras personas con vidas diferentes a las nuestras.

En los raros momentos en que la palabra escrita parece susurrarnos al oído, hablándonos de nuestros momentos más íntimos, guardados en algún rincón de la memoria, se produce la magia que todo lector busca con avidez cada vez que se adentra en las páginas de un nuevo libro. Por desgracia, cuanto más y más leemos, más difícil resulta encontrar esos textos que nos fascinen y emocionen, haciéndonos creer que han sido escritos para nosotros, seres especiales capaces de conectar a través del tiempo y el espacio con su creador.

El infinito en un junco

Nadie dudará del poder de la ficción, en cualquiera de sus formas, para romper nuestra soledad y aislamiento, pero más difícil resulta encontrarse con estas cualidades en un ensayo. Y, cuando eso pasa, el asombro y la fascinación resultan mucho mayores. Es lo que sucede con El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que además nos transporta a lugares y momentos míticos, sin dejar de anclarnos en nuestra realidad más absoluta, en la contemporaneidad de nuestro mundo.

Irene Vallejo logra conectarnos, a quienes hemos tenido la suerte de compartir algunas de esas referencias, con la vida en la antigüedad fascinante de Grecia, Egipto y Roma, la labor ingrata de aquellos amanuenses que supieron preservar el hilo conductor de nuestra historia. Los avatares de tantas personas, grandes y humildes, que fueron configurando sus propios mundos y, de algún modo, nuestra existencia, como señalan los paralelismos y citas más actuales a los que la autora recurre como ejemplo, recordándonos que nada resulta tan novedoso como para merecer la fascinación que tantas veces mostramos ante la última (y efímera) moda.

Amor a la palabra

Irene Vallejo realiza un canto de amor a la palabra, al peso de la oralidad en la breve historia del ser humano, a la magia de la transmisión de sentimientos y pensamientos a través de los textos. Pero también nos muestra su amor a la cultura en la que nos educamos y sus valores, siempre en peligro. Es la sensación de vulnerabilidad de todo lo que nos resulta importante, lo que nos hace sentir que pertenecemos a un extraño grupo de personas que, a través de los siglos, nos unimos para perfeccionar un ideal de belleza y dignidad que merece ser preservada, como un legado que no nos pertenece y que, llegado el momento, debemos pasar a otros que continúen nuestra labor, con la esperanza de que sigan completando un trabajo siempre inacabado.

Escuchar, a través de la lectura de sus textos, a Irene Vallejo, es sentir una voz conocida en nuestro interior que nos habla de nuestros miedos, nuestros infiernos y nuestras preocupaciones, pero también de todo lo bello y hermoso que encierra, en una eterna contradicción, lo que supone ser humano.

En El infinito en un junco encontraremos mil y una referencias a obras apasionantes que han configurado nuestro imaginario, citas maravillosas que parecen creadas, por lo bien traídas, para subrayar la obra de Irene Vallejo, y una erudición que abruma por desbordante y no por pretenciosa, en lo que lo culto y lo popular se entrelazan sin complejos.

Una voz real

Envidio a Irene Vallejo, por su cultura, por la pasión por el conocimiento que transmite y, sobre todo, por el amor y laboriosidad que se intuye en sus escritos. También por esas maestras que supieron estimularla e inspirarla. Por haber sabido contarme al oído, muy dentro, tantas historias fascinantes que desconocía; sin cansarme cuando me iba reencontrando con antiguas historias olvidadas o bien sabidas, gracias a lo que había en su voz de familiar y novedoso al mismo tiempo. Una voz que se hacía casi tangible, hecha de la misma materia que nuestros sueños.

Escribo esto varios días después de haber pasado la última página de El infinito en un junco, pero todavía cautivado por el placer de su lectura, que me acompañará mucho tiempo. Estoy seguro.

Pensé que nunca tendría el valor para escribir este comentario sobre El infinito en un junco después de tantas y tan buenas palabras que le dedicaron grandísimos escritores de nuestras letras. Y menos hacerlo público. Pero el sentimiento me pudo, obligándome a escribir estas líneas. Después no quise ser, una vez más, el egoísta que guarda para sí el placer de una historia apasionante. O el tímido que intenta esconder su emoción genuina por miedo a incomodar, con su intensidad, a la persona a la que admira.

No he querido, tampoco, dejar en silencio mi voz, permitiendo que mi descuido o mis miedos se me impongan: hoy siento que Irene Vallejo merece toda mi gratitud y reconocimiento. Los mismos que nunca supe o me atreví a expresar a aquellas pocas personas que en su día supieron estimularme para seguir buscándome como persona, y con quienes guardo una deuda eterna.

Por suerte, aunque ya la vida me ha quitado tantas cosas, aún no es demasiado tarde como para aprender, al menos un poco, de antiguos errores. Sólo por dejar constancia del agradecimiento de mi voz, que intenta reparar a destiempo antiguas faltas, creo que vale la pena mi osadía. No se me ocurre mayor reconocimiento.

Una lectura imprescindible

En tiempos críticos como los que vivimos, con nuestra forma de vida amenazada por la pandemia y la intolerancia, El infinito en un junco nos recuerda que tenemos la responsabilidad de continuar transmitiendo el legado de aquellos que se esforzaron por protegerlo. La esencia de unos valores que hoy, más que nunca, continúan siendo imprescindibles. Y esta es, junto con el placer de su lectura, una de las grandes razones para acercarse a sus páginas, tan frágiles como las de cualquier otro libro. Date prisa. El tiempo apremia.

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